Eran casi las dos de la madrugada y la silueta de un hombre se
dibujaba entre los árboles de un bosque sombrío. Prendió un cigarrillo
a medio quemar y su rostro se iluminó. Era un hombre joven, un poco
pálido, pero con algo en la mirada, algo que no podría describir con
palabras. Tenía algo en sus ojos; era como si el sol brillara dentro de
ellos.
Samael era su nombre y, desde muy joven, había tenido estos
impulsos incontrolables por buscar la soledad en la fría oscuridad cada
anochecer. Buscaba paz y tranquilidad, buscaba serenidad y silencio. Y,
aunque la incontrolable sensación de ir más allá cada día lo cansaba y
desesperaba, cuando él se encontraba caminando bajo la luz de la luna,
paz hallaba y tranquilidad en él habitaba. Samael nunca supo en verdad
cómo encajar muy bien con la sociedad. Él se encontraba a sí mismo
entre la silenciosa madrugada, la fría noche y, bajo el reflejo de la luna,
siempre suspiraba por querer que todos los días y cada día fueran así
de tranquilos.
Cada día, cuando daban las doce de la medianoche y el silencio
gobernaba fuera de las casas y dentro de ellas, se levantaba de la cama,
se ponía los zapatos, se abrigaba y, aun antes de cerrar la puerta, daba
una última mirada por encima del hombro y suspiraba. Entonces
comenzaba a caminar, sin pensar, sin sentir nada más que solo el
silencio, el tranquilo y reconfortante silencio. No había personas que
lo pudieran juzgar, o quizás miradas que le sugirieran que no debía
continuar. No había reproches, no había gritos, no había risas, no había
niños jugando o padres ocupados. Era tan solo él y el silencio de aquel
bosque, la noche oscura y una paz sin premura.
“¿Qué estoy haciendo?”, se preguntaba mientras caminaba.
Sacó un cigarrillo de su chaqueta y lo prendió. Al entrar en el bosque
una banca halló y se sentó mientras continuaba preguntándose a sí
mismo:
—¿Será acaso que las personas son tan complejas que nunca puedo
entenderlas? Vamos, he tratado una y otra vez de entablar tantas
amistades que nunca logro mantener siquiera una. No los culpo, tiendo
a ser demasiado complejo, al igual que ellos. Ni siquiera yo me entiendo muchas veces, ni siquiera yo sé qué es lo que quiero en la vida, creo
que no me...
—¡Cobarde!
Samael dio un salto desde la banca donde se había sentado y
comenzó a ver a su alrededor de dónde había provenido la voz. La
había escuchado tan claramente, cerca de su oído y tan fuerte, que
sabía que alguien debía de estar cerca. Pero al ver su reloj eran las
dos de la madrugada nuevamente, y a esa hora, pensó, no podría
haber nadie más en ese bosque.
—Quizá solo lo imaginé —se dijo a sí mismo para tranquilizarse.
Entonces decidió que ya era demasiado tarde y caminó un poco
aprisa hacia la salida del bosque, no antes sin ver sobre su hombro
y, para su sorpresa, en aquella banca donde él se había sentado,
había una silueta negra sentada justo en el mismo lugar. Se extrañó,
pero decidió, y con prisa, volver a casa..
Al día siguiente, cuando el reloj marcó la medianoche, Samael se
dispuso a salir de su casa como era costumbre. Con lo atareado que
había estado en su trabajo y con todo lo que tuvo que hacer fuera
de él, en su casa, a Samael se le había olvidado lo de la noche
anterior, o al menos se había convencido de olvidarlo, pues se decía
a sí mismo que quizá estaba perdiendo la cabeza y prefirió no
indagar más en lo que había vivido. Fue entonces caminando de
nuevo hacia el bosque, cerca de su casa, un poco más deprisa que la
noche anterior, pues sentía que alguien lo observaba.
“Debería dejar de hacer esto”, pensó. “Sé que no es muy
conveniente que ande solo por estas horas y menos en un lugar tan
lúgubre, pero esto se siente tan tranquilo. Además, siento que cada
vez que entro en el bosque me puedo conectar un poco más
conmigo”.
Siguió hasta la entrada del bosque, pero esta vez no pudo hallar
una banca por más que lo intentaba para poder sentarse. Sentía que,
de alguna manera, la noche era más oscura, más fría y las estrellas
más vivas. El viento soplaba con fuerza y hacía que las copas de los
árboles se movieran al compás del mismo. Las estrellas
parpadeaban y los pocos animales que vivían en el bosque se habían
silenciado. Samael no podía explicarlo, pero después de casi diez
años yendo al bosque, esta noche era distinta, esta noche él se sentía
distinto, mas no le puso importancia.
Sin embargo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando pudo
ver la silueta de una figura en la espesa oscuridad, y unos ojos como
soles ardientes destellaron cuando cruzaron la mirada. Samael, al verlo,
sintió como un fuego en su pecho se encendió. Parpadeó por un
momento y la silueta desapareció. Así que, un momento después,
decidió ir más allá, hacia el centro del bosque, y comenzó a caminar
con sigilo.
Caminó y caminó, caminó tanto que pensó que ya no podría
encontrar el camino de vuelta, y, aunque este pensamiento le hizo
sentir miedo, decidió adentrarse un poco más. Mientras más se
adentraba en el bosque, podía ver más estrellas en el cielo, como luces
fugaces que iban y venían, como si cobraran vida y bailaran al compás
que él caminaba. El viento se tornaba más violento y los árboles se
doblegaban tanto que se golpeaban entre sí. La oscuridad cada vez era
más espesa y, aunque tenía miedo, aquel fuego que sentía recorrer su
pecho lo impulsaba a seguir.
Un poco después, cansado de tanto caminar y decepcionado de no
haber podido encontrar nada más que oscuridad, bajó la mirada y, al
ver su reloj, eran las dos de la madrugada.
—¡No debes correr! —gritó una voz cerca de su oído.
Samael se paralizó al escuchar esa voz tan profunda que lo único
que sintió fue un destello de luz en sus ojos y cayó de cuclillas, con la
mirada fija en el suelo, el sudor cayendo de su frente. Después de unos
segundos intentó incorporarse, apoyó la mano en el suelo, pero
nuevamente cayó al escuchar la voz que seguía diciendo:
—Tienes miedo, tienes miedo a sufrir. El dolor es necesario,
Samael. ¡Samael, encuéntrame o te perderás!
Cuando la voz cesó, Samael se encontraba encorvado en el suelo,
cubriendo su cabeza con las manos, como si se escondiera de algo. La
voz había sido tan perturbadora, grave pero a la vez demente, como si
gritara desgarrada de dolor, como si tratara a toda costa, con
desesperación, que Samael la pudiera escuchar.
La voz no paraba de repetirse una y otra vez en su cabeza, y, a pesar
de haber abierto los ojos, no podía siquiera moverse. Estaba paralizado
y respirando agitadamente; sentía su corazón salirse del pecho.
Después de unos minutos, pudo recobrar el aliento y se incorporó.
Notó que las estrellas ya no estaban y el viento ya no soplaba.
Escuchaba nuevamente el sonido del bosque y podía ver de nuevo la tenue luz de la luna filtrándose entre los árboles. Sonrió al ver el
reflejo de esta.
Comenzó a caminar nuevamente, pero esta vez, a diferencia de
la noche anterior, caminaba sin prisa, sin miedo, como si algo le
dijera que estaba a salvo y no debía temer. Prendió un cigarrillo
mientras caminaba más lejos del centro y, al ver las primeras volutas
de humo que se dibujaban en el cielo, recordó con más detalle lo
que la voz le había dicho:
“Encuéntrame o te perderás2, pensó. “Encuéntrame o te
perderás, qué extraño. Si hubiera querido que la encontrara, lo
hubiera hecho; estaba tan cerca y, aun así, no se pudo mostrar. Pero
perderme... ¿cómo que perderme?”, se preguntó mientras daba
otra bocanada y encontraba una banca para poder sentarse. Había
llegado ya al sendero, así que dudó de que la voz se refiriera a
perderse en el bosque. Se sentía extraño, puesto que, a pesar de
haber estado agitado hace unos minutos, ahora sentía paz. Sentía
como si el bosque le hablara, como si le quisiera decir algo, como si
quisiera que él descubriera algo. Se sentía como flotando sobre
miles de nubes, como si volara.
“Pero ¿qué debo encontrar o a quién?”, seguía preguntando y
diciendo para sí mismo. “Quiero ir más adentro hacia el bosque,
pero creo que ya es muy tarde para poder indagar en ello. Mejor
volveré mañana y trataré de encontrarlo nuevamente”.
Caminó hacia la salida del bosque, pero no se había percatado de
qué tan profundo estaba, pues se tardó un poco más de tiempo en
poder llegar. Esta vez, al momento de salir, sintió como el fuego en
su pecho se esfumaba y, de nuevo, el miedo se apoderaba de él. Por
inercia o tal vez por curiosidad, antes de salir, volteó a ver hacia el
oscuro bosque y, de nuevo, se encontró viendo a los dos ojos que
brillaban como soles. Con una sonrisa demente y riendo
amargamente, alguien se despedía de él.
Samael caminó a toda prisa hacia su casa, tratando de olvidar
esos ojos que le quemaban y esa risa que lo asustaba. Aun cuando
cerró los ojos para poder dormir, no la pudo olvidar.
Samael se encontraba volando, rodeado de miles de estrellas,
nebulosas de colores, astros y planetas. Notaba cómo iba dejando
detrás de sí miles de cometas, como si fueran parte de él. Sonreía y
sentía la libertad de poder volar, sin miedo y sin prisa. Comenzó a
ver miles de soles que se interponían en su camino y, como si estuviera acostumbrado a ello, abrió la boca y los devoró uno a uno.
Cada vez se hacían más grandes, al igual que él.
Pero, al llegar casi al final, había dos soles puestos paralelamente, lo
que resultaba en que Samael se encontrara frente al espacio que los
dividía. Brillaban con gran ferocidad y estallaban entre sí. Se detuvo
por un segundo y quiso contemplar la luz de aquellos soles, pues sentía
que el mismo fuego ardía en él. Extendió la mano para poder tocarlos,
estiró los dedos y casi a punto estaba de hacer contacto, cuando sintió
cómo una mano gigante, oscura como un agujero negro, lo tomó.
Entonces vio una boca abrirse y lo devoró.
Samael despertó sudando frío. Sus sábanas y sus ropas estaban tan
mojadas como si le hubieran tirado un balde de agua. Estaba agitado y
con miedo. No entendía qué había pasado, pero después de un
momento comenzó a tomar conciencia y se alivió de que hubiera sido
un sueño.
—Aún no puedo olvidar esa risa —se decía a sí mismo mientras se
cepillaba los dientes—. Sentí como si sus ojos me quisieran quemar,
como si quisiera devorarme con sus grandes dientes. Eso no puede ser
humano. Recuerdo la risa tan demente y cómo se despedía, como si no
quisiera que me fuera. Pero vamos, iré de nuevo hoy. Ya no estoy
seguro de querer ir. Pero también quiero conocer a lo que sea que
habita ahí.
Samael estaba tan indeciso de ir, que todo el día pasó preguntándose
lo mismo. Repetía una y otra vez las frases que la voz le había dicho en
su cabeza, e imágenes de soles ardiendo, almas sufriendo y una sonrisa
demente destilando sangre entre sus dientes iban y venían en su mente.
Estaba tan cansado al final del día que decidió acostarse al llegar a casa
para poder reposar, pero, sin darse cuenta, se quedó dormido.
Se encontró a sí mismo sentado en plena oscuridad, como si
estuviera adentro de un agujero negro y, por más que intentaba
observar a su alrededor, no podía ver nada. La oscuridad era tan espesa
que ni la silueta de sus manos podía distinguir. Volteó a ver hacia
ambos lados y hacia atrás, pero, cuando giró de nuevo hacia adelante,
se encontró con el rostro que tanto miedo le había causado la noche
anterior.
No pudo hacer nada más que quedarse viendo fijo hacia los dos
destellantes ojos que brillaban como soles. No podía moverse y, por
alguna razón, sabía que no debía moverse. La figura le sonrió, y, al ver
esto, Samael se estremeció, pues dicha sonrisa cubría casi todo el rostro de la figura. Sus dientes eran triángulos afilados y se intercalaban
entre sí, cazando perfecto entre los espacios. Pudo sentir un
escalofrío recorriendo su cuerpo.
Un poco después de estar frente a frente, la figura extendió la
mano, tomó su rostro y se acercó hacia su oído. Samael sentía cómo
el fuego de sus ojos calentaba su rostro. Entonces, en un susurro
casi inaudible, la figura le dijo:
—Donde tus ojos no pueden ver y la oscuridad te hace perecer.
Donde el silencio gobierna y el miedo de ti se apodera, allí me
podrás conocer.
Se alejó y Samael sintió cómo una mano pasaba sobre su rostro
cerrándole los ojos. Al abrirlos, había despertado, y al ver su reloj
eran casi las dos de la madrugada. Sintió nuevamente aquel impulso
que siempre lo había obligado a buscar paz en la oscuridad de aquel
bosque.
Esta vez Samael se quiso preparar un poco más. Se puso zapatos
y tomó una linterna de su cómoda, se abrigó más de lo normal y, al
cerrar la puerta, sintió un escalofrío, como si supiera que podría no
regresar. Caminó un poco aprisa, pues sabía que debía ir más lejos
que la noche anterior.
Mientras caminaba, Samael recordó lo que la figura le dijo en su
sueño, mas no podía entender el significado de esa frase. Estaba tan
ensimismado en querer entenderla, que no se había dado cuenta de
qué tan adentro del bosque estaba, pues la oscuridad comenzó a
hacerse más espesa y el silencio gobernaba cada rincón. La luna ya
no estaba y las estrellas parpadeaban. El viento se había levantado
de nuevo como una ráfaga que lo quería botar, y Samael se
estremeció cuando pudo ver una sonrisa blanca destellando más
hacia el fondo.
Tuvo miedo, pero entonces, en ese momento, entendió aquello
que la voz le había dicho en su sueño. Pensó que mientras más
oscuro estuviera, más oportunidad tenía de lograr el encuentro. Y,
aunque le causaba miedo y euforia a la vez el pensar en ello, decidió
guardar la linterna, que ni había encendido, y siguió caminando
hacia donde la figura había desaparecido, pues ya no estaba.
Caminó casi por media hora, cuando por fin llegó a un claro del
bosque. Aun así, la oscuridad lo cegaba, pues luna en el cielo no
había. Samael pensó que por fin había llegado a alguna parte y
caminó hacia el centro. Cuando se detuvo, grandes ráfagas de viento comenzaron a soplar. Samael levantó la vista y pudo ver en el cielo
miles de estrellas bailar, como si fuera antinatural, y sintió de nuevo
cómo el fuego dentro de él comenzaba a crecer.
Metió la mano en su bolsillo para poder sacar la linterna, pero antes de poder prenderla, la dejó caer cuando escuchó: —Para poder volar, deberás primero profundizar. Tembló un poco, pero cuando volteó la mirada, se encontró frente a frente con aquello a lo que alguna vez le había temido. Más no en ese momento, pues él pensaba que si lo hubiera querido dañar ya lo hubiera hecho, y ese pensamiento le brindó un poco de paz. Se hizo un poco hacia atrás y, un momento después, la luna apareció y el rostro de aquel ser se iluminó. Samael quedó anonadado, pues era como si estuviera hecho de materia oscura y la luz no lo reflejara. Sin embargo, pudo notar que en su rostro tenía tantas cicatrices que lo deformaban y algunas heridas aún sangraban. Era de su altura y tenía la misma complexión, pero sus dedos eran largos y con grandes uñas, tenía las manos sangrando y unas alas pesadas llevaba arrastrando, alas negras como la oscuridad en él. Iba descalzo y los dedos de sus pies eran tan grandes como los de sus manos. Sus dientes afilados destilaban sangre, como si hubiera devorado algo, y sus ojos, como ya tantas veces los había visto Samael, eran soles: ardientes, feroces y brillantes. —No temas —le dijo la figura con una voz grave, en la que se podía escuchar desesperación. Samael dudó un momento si correr o no, pues aquella imagen le parecía algo tan aterrador que no la quería seguir viendo. Pero algo dentro de sí le dijo que mirara un poco más de cerca, lo cual era difícil debido a que el ser no reflejaba la luz de la luna. —Soy más importante de lo que crees, y voy contigo más cerca de lo que piensas. Samael, al escuchar eso, profundizó en aquel rostro y gritó al ver que debajo de aquellas cicatrices había alguien con su mismo rostro. Era él, un poco más lastimado y desfigurado, pero sabía que era él mismo. “Pero cómo... ¿cómo puedes ser yo? ¿Acaso estoy enloqueciendo? No puede ser posible. Este debe ser otro sueño. Este debe ser otro mundo. Este no soy yo. No puede haber nadie como yo”. Samael quiso correr al ver esto, pues no entendía qué era lo que pasaba, si estaba dormido o si estaba loco. Pero, antes de irse, su oscuro yo le dijo: —Espera. No puedes irte o jamás lo entenderás. Por favor, quédate. No estás loco. Yo soy real. Pero déjame explicarte lo que has venido a buscar. Samael dudó por un momento, pero se decidió al ver la desesperación con la que le hablaba. Tomaron asiento en el suelo del bosque, frente a frente. Samael aún podía verse a sí mismo de una manera tan grotesca que aún no lo podía creer. —Pero entonces, ¿quién eres? —le preguntó. —Yo soy tú, Samael. Bueno, en realidad, una parte de ti —le dijo su oscuro yo. —Pero ¿cómo puede ser eso posible, si tienes alas, tantas cicatrices y eres pura oscuridad? —Exacto, Samael, yo soy la oscuridad que habita en ti. Yo soy esos demonios que viven en ti y te aterra tanto conocer. Yo soy esa oscuridad que te impulsa a venir al bosque cada día al anochecer. Soy aquel sentimiento atroz que tienes cuando miras a alguien perecer. Soy esa ira incontrolable, esa tristeza, ese rencor, y todos aquellos sentimientos que huyes por no sentir, por no vivir. Yo soy aquella oscuridad, Samael, que no quieres aceptar que en ti habita, que tienes miedo de no poder controlar. Pues sabes que, una vez que aceptes que todos aquellos demonios que tanto temes viven en ti, te devorarán y tus entrañas comerán. Yo, Samael, yo soy lo que debes conocer para así poder ir más allá de lo que tus ojos ven, y necesario será para que te puedas transformar en algo que nunca podrás imaginar. Samael se quedó un momento en silencio, pues no creía aun lo que estaba pasando. Mientras, su oscuridad se acercó un poco y le susurró: —Samael, pero tú también eres parte de mí. Tú eres la luz, el color y la vida que en mí habitan. Pues yo no puedo ser sin ti, y tú no puedes ser sin mí. Sin embargo, es necesario que me conozcas para poder descubrir en quién te convertirás. Es necesario el conectar con tu oscuridad, para que la luz salga a brillar. —Pero ¿cómo puedo conocerte más?, ¿cómo puedo entender todo lo que estás diciendo?, ¿cómo puedo aceptar esta oscuridad que vive en mí?
—Toca mi mano, Samael, y conocerás la oscuridad que en ti habita. Los dos extendieron sus manos para poder tocarse y, justo cuando las yemas de sus dedos hicieron contacto, Samael sintió que se transmutó. Cuando pudo tomar conciencia de dónde estaba, era una gota cayendo del cielo. Esta terminó en el suelo, donde una semilla germinó, creció, y un girasol floreció.
Pero, al abrirse, de este un niño brotó y, al caer, antes del suelo tocar, unas grandes alas extendió y voló. En el viento, en águila se convirtió, voló hacia el universo y, al traspasar el azul del cielo, como el mismo sol él se vio. Sintió cómo el fuego dentro de él estallaba.
Después se encontró en un lugar oscuro, y miles de manos que salían por debajo del suelo lo querían tomar. Así que corrió, pero se topó con sus ojos y una mirada ausente. Cuando quiso ver el resto de su cuerpo, pudo ver que él mismo estaba comiéndose sus entrañas. Las manos llenas de sangre satisfacían su deseo voraz. Ni tiempo tuvo para pensar, pues un agujero se abrió debajo de él y cayó en un abismo.
Al principio, todo era oscuro y solo podía escuchar gritos. Solo podía escuchar dolor y desesperación. Pero poco después comenzó a ver colores a su alrededor; era como si estuviera en un remolino arcoíris, colores vivos iban y venían. Miles de flores llovían, y alegría en su corazón sentía. Después, miles de planetas y estrellas bailaban a su alrededor, y el latido del universo escuchó. Una explosión sintió cuando iba cayendo, y su cuerpo, sentado en el suelo del bosque, vio. No supo ni en qué momento volvió..
Se encontraba de nuevo sentado en el bosque, y sentía como si el sol estuviera latiendo en su pecho. Al levantar la mirada, se quedó sin palabras, pues la oscuridad que en él habitaba ahora estaba hecha de planetas, estrellas, nebulosas y demás. Era como si estuviera hecha de materia cósmica, del mismo universo. Su cara ya no era grotesca y podía vislumbrar el mismo rostro que él miraba en el espejo cada mañana al despertar. Sus alas ya no se arrastraban y ahora estaban erguidas. Sus heridas ya no sangraban, y aquella sonrisa paz le brindaba. El fuego en sus ojos nunca desapareció. Pero, al levantar su mano para poder tocarlo y verse a sí mismo, él también estaba hecho de mundos, estrellas y demás. Volteó hacia su espalda, y unas alas grandes habían nacido en medio de esta. Eran blancas y tan grandes que cubrían todo su cuerpo. Al ver a su alrededor, notó el cielo plagado de estrellas bailando, y una luna le sonrió. Pudo escuchar a los pájaros cantar a pesar de la oscuridad del bosque, y en el claro donde él estaba consigo mismo, había nacido un anillo de girasoles, y miles de colores habían teñido aquel oscuro bosque. Flores brotaban en las raíces de los árboles, y estaciones en las copas de estos se saludaban. Se había convertido en un paisaje que Samael sabía que era más que especial. Allí, bajo las estrellas y el sonido del bosque, en silencio con él mismo y la paz que su compañía le brindaba, Samael supo que podía entender la vida, conocer nuevos mundos, descubrir sensaciones y entender tantas emociones. En aquella oscuridad de la cual siempre se quiso alejar, Samael había podido descubrir el universo que en él podía habitar y saber que, infinitamente, entre colores podía volar.